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Dos autobuses muy diferentes (Por Amparo)

Ocho y veinticinco y este autobús sin venir. Miré por el espejo retrovisor del coche por enésima vez por si así lograba por fin ver la figura de un autobús. No valía cualquier color, tenía que ser verde, verde o rosa, pues Rodrigo, la marca del bus solo los tiene de ese color.

Tenía a la niña en el coche. Estaba la pequeña en mi regazo. Solo queriendo cantar por el micrófono del coche, ese micrófono del 'manos libres', y cantando todo lo que se le ocurría. Me sabía mal decirle nada, me da tanta pena no dejarla dormir más y me duele perderme tanto de ella.

Vuelvo a mirar por el espejo, y nada. Inmediatamente la mirada al reloj, las ocho y veintiséis...

Algo me llama la atención. Una pareja de abuelos. Cuando me fijo en ellos ya solo les veo la espalda. Ella anda como una muñeca, con paso vacilante, y cogida de la mano de su pareja. Más que de su pareja parece que va de la mano de su padre, o de su hermano. Va cogida como una niña pequeña, agarrada más que cogida, como si temiera perderse.
El lleva un bolso grande, parece playero, no va muy lleno, pero lo agarra muy fuerte como portase algo valioso en él. Lo que me llama la atención no es el gran bolso, es la espalda. Me quedo mirándola, algo encorvada, no de defecto físico, no, se doblaba de la carga que llevaba, como de pena, de dolor...

Me quedo con la mirada prendida en la pareja y cuando llegan a la parada del bus de línea y se giran me doy cuenta. Él mira el reloj y luego el final de la avenida para divisar su bus. Ella, no mira nada. Es un cuerpo inmaculadamente limpio, con una limpieza en la cara que me recordó inmediatamente a mi abuela María. Su mirada dolía, creo que a todos menos a ella, que parecía no sentir nada, ni lo bueno ni lo malo.

En ese momento veo una sombra a mi izquierda. Una sombra verde, la sombra del bus de mi hija, ese bus que la llevaba a la esperanza, a ese lugar donde les enseñan a desenvolverse, a crecer, a valerse por sí misma. Le doy un beso más fuerte de lo habitual y la subo al vehículo, espero a que se ponga en marcha y aún le mando un saludo

Cuando me marcho en mi coche doy un último vistazo. La pareja está subiendo a otro autobús, el de la desesperanza, el que lleva a la abuela a un lugar en donde dejarla, en donde su marido pueda compartir la carga que lleva a cuesta, donde le ayuden a llegar al final con más dignidad.

Paso por delante de ellos, el hombre levanta la mano y le coloca el cuello del vestido bien. Había tanto amor en el gesto que me voy al trabajo con los pelos como escarpias, con los ojos anegados de lágrimas y con un nudo en la garganta que me impide respirar.

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